Mirando para arriba

Me gusta la plaza. Paso por ahí casi todos los días porque vivo cerca. Si alguna vez me cruzás, es muy probable que esté mirando para arriba. Me distraen los árboles y los pájaros, las formas de las nubes, los gatos descansando en los techos o en los marcos de las ventanas, o simplemente me quedo observando los edificios. Probablemente sea una de las personas más distraídas que conozcas.

En mi ciudad, la mayoría de los edificios del centro tienen más de cien años. Si prestás atención, casi todos repiten los mismos símbolos en sus fachadas y cornisas. Lo que más se ve son copas. Ángeles sosteniendo copas o flores. Seguramente sea influencia europea.

También me gusta mirar a los chicos andando en bicicleta o a los adolescentes que se juntan. No me gustaban los adolescentes cuando yo era una de ellos, pero ahora que soy más grande la gente más joven me parece muy tierna. ¿Será el instinto maternal? Me recuerdan lo pequeño que es nuestro mundo cuando somos chicos y lo catastróficas que pueden sentirse las cosas más mínimas. Hay tantas reglas sociales que después, en la adultez, dejan de existir... y lamentablemente somos muy esclavos de nuestro entorno. Lo peor de todo es que no tenemos ni idea de que la vida todavía ni arrancó.

Verlos siempre me lleva al mismo pensamiento: vivo mi vida como si ya tuviera ochenta años y estuviera mirando hacia atrás, recordando mi juventud. Sé que esta idea puede sonar rarísima para algunos, o incluso deprimente. Pero no es esa mi intención. Creo que justamente eso es lo que me vuelve una persona aventurera.

Cuando era más chica, todo me daba muchísima vergüenza. Ni siquiera podía pedir un vaso de agua en la casa de otra persona.

Hace diez años, la idea de cantar frente a alguien me daba náuseas, así que he recorrido un largo camino. No es que estas cosas desaparezcan de un día para el otro, pero todo cambia cuando entendés que la timidez no te va a llevar a ningún lado.

La vida me volvió sorprendentemente caradura y frontal, aunque a la vez sigo siendo muy reservada e introvertida. Algo que, naturalmente, les choca muchísimo a algunos. Pero las personas correctas siempre se quedan.

¿No debería permitirme tomar riesgos mientras todavía soy joven y estoy sana? ¿Este momento vergonzoso es realmente el fin del mundo o va a terminar siendo una tremenda anécdota? Si me la juego y sale mal, ¿será un buen cuento para contarles a mis nietos antes de dormir?

Irónicamente, pensar como una abuela hace que viva mucho más el presente. Te invito a que lo intentes.

Si sos de los que leen mi blog, ya te habrás dado cuenta de que mis posteos son como una cadena de pensamientos que, de alguna manera, terminan conectándose entre sí. Más o menos así suena una conversación normal dentro de mi mente mientras camino. Un caos.

Tocar en la plaza fue uno de esos pequeños riesgos. Me siento muy cómoda haciéndolo. Es como que entro en un trance donde todo lo que veo son los árboles y los pájaros. Sin darme cuenta, miro para arriba otra vez. Lo disfruto mucho.

Mi idea inicial era simplemente grabar contenido para internet. Las redes sociales no me importan mucho. Para mí son un jueguito de adultos. Obviamente, agradezco y me pone contenta que las personas decidan seguirme, pero lo que quiero decir es que no es algo que alimente mi ego.

Ahora bien, si sos músico, sabés que los likes y las reproducciones sí les importan a los bares, a los productores, a los dueños de los lugares donde querés tocar y a mucha otra gente. Por eso tantos artistas se promocionan como si ya fueran famosos.

Conseguir seguidores era demasiado ambicioso como para formar parte del plan. Yo pensé que nadie iba a darse vuelta para mirarme. Pero me equivoqué. Salió mucho mejor de lo que esperaba. Me da mucha gracia haberme convertido en "la chica de la plaza". Disfruto muchísimo el ida y vuelta con la gente y estoy muy agradecida.

Creo que tengo que mostrarle a la gente el proceso y hacia dónde quiero ir. Por eso escribo este blog.

Me encantaría tocar en Buenos Aires algún día. Pero para llegar hasta ahí necesitaba algo que demostrara que tenía experiencia. Así que decidí crear mi propio escenario. Así arrancaron los shows callejeros. Nunca imaginé que iba a recibir apoyo de la gente.

Esta es mi forma de demostrar que mis canciones son para todos. Yo lo veo como una más de mis aventuras de abuela. Ojalá vos también encuentres una aventura propia.

Sos más que bienvenido a mis conciertos al aire libre. ¡Vení a saludarme al final!

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